Marzo 11, 2007

LAS INTERNAS DEL PRD: NOTAS PARA UNA REFLEXIÓN FINAL

VIENE LA DEFINICIÓN · Magú

magu.jpg
La Jornada, Marzo 11, 2008.

Uno de los cambios más importantes que se anuncian para el PRD, en ocasión de la elección de su dirección nacional para el próximo período, particularmente de quien será su presidente nacional, no tiene que ver con la propuesta de sus principales aspirantes; ni con la de Alejandro Encinas de convertir al PRD en la columna vertebral del gobierno legítimo, de la Convención Nacional Democrática y del Frente Amplio Progresista; ni con la de Jesús Ortega de no excluirse del debate y los cambios nacionales e institucionalizar el partido sin permitir que las decisiones del PRD se tomen fuera de sus instancias de dirección.

Por supuesto que las dos propuestas implican diferencias de estrategias, modos, estilos, matices y políticas, pero en realidad ninguno de los dos extremos mencionados implica, de por sí, una ruptura o una opción excluyente de manera absoluta.

La historia reciente del PRD desmiente esa posibilidad. No debemos olvidar que Jesús Ortega ha ocupado importantes puestos partidarios, no sólo legislativos: fue el secretario general del PRD durante la presidencia de Andrés Manuel y atendía a la estructura perredista mientras López Obrador recorría el país consiguiendo candidatos, dinamizando campañas y encabezando luchas en todos los estados. Además fue el coordinador de la campaña del 2006 de Andrés Manuel y hasta del Mega Plantón Zócalo-Reforma en la ciudad de México fue el mismo Jesús Ortega. Por su parte, Alejandro Encinas nunca ha sido ni permitiría ser tratado como un pelele sin personalidad ni pensamiento; tampoco en su larga historia como hombre de izquierda se ha distinguido por extremista e intransigente. Como legislador destacó al ser primer perredista en presidir una Comisión (la de Asentamientos Humanos) de la Cámara de Diputados en la LV Legislatura (1991-1994) y sacar una ley completa por consenso.

Más allá de las diferencias, que las hay y tienen su trascendencia, más allá de las exageraciones, las polarizaciones y los raspones propios de una competencia electoral, por lo menos en el nivel del discurso, los dos principales aspirantes a presidir el PRD no sólo comparten una buena parte de su propuesta, sino que saben que se necesitan mutuamente. Lo que está en disputa son estilos, acentos, estrategias, dinámicas y políticas concretas que se condensan en quién garantiza conducir al PRD de mejor manera, con más consecuencia y sin desteñir su propuesta. En pocas palabras, quién mandará en el partido el próximo trienio, qué tendencia estará en mejores condiciones de hegemonizar, cómo se unirá y dirigirá/coordinará al Partido, sin excluir y sin perder lo más por lo menos,

Alejandro sabe que si gana necesita de la estructura partidaria, de sus cuadros y organizadores, de su experiencia y capacitación electoral, tanto en lo que a estructura se refiere como al manejo jurídico y técnico de las elecciones y una eficaz vigilancia de los sufragios. Una de las razones, no la única, por las que se pudo imponer el fraude y el supuesto triunfo de Felipe Calderón, fue por la deficiente cobertura de vigilancia electoral en las casillas que el dos de julio de 2006 no se entregó a la responsabilidad del PRD. La guerra sucia, el dinero y la propaganda empresarial contra AMLO, el control del consejo general del IFE y su presidente, podrían haberse detenido ante la muralla de un proceso eficaz de vigilancia electoral, un conteo correcto de los votos y el registro sin falsedades en las actas correspondientes. Encinas sabe que necesita la estructura organizadora de la dirección partidaria y de sus cuadros y la construcción de acuerdos positivos para México que lo hagan avanzar en la equidad, el empleo, el progreso económico y el desarrollo social.

Jesús, por su parte, sabe que no pude conducir un partido al éxito electoral, la presidencia de la república y la mayoría en las cámaras y gobiernos estatales, sólo con la burocracia partidaria. Sólo con ella lo que obtendrá será un pesado fardo que lo mantendrá en el piso electoral clásico del PRD, no superior al 20 %. Para despegar y disputar con posibilidades de triunfo las elecciones que se avecinan y dejar bien posicionado al PRD para alcanzar la presidencia de la república en el 2 012, necesita de seguidores mucho más allá de las fronteras de la militancia. Necesita de masas, de confianza, de lucha, de capacidad de orientación y representación popular, de magnetismo político con otras organizaciones de izquierda. Incluso la proclividad a la búsqueda de negociaciones y acuerdos, tareas partidarias que Ortega, llevó con eficacia bajo las presidencias y por encargo de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador, no tiene visos de entregar buenas cuentas, si no se hace con la fuerza y el respaldo de una movilización popular fuerte y consolidada. Su experiencia le indica que no basta ni siquiera una propuesta clara, si no tiene atrás la fuerza de millones de votos dispuestos y en movilización. Si no los tiene, no habrá negociación que valga, sino doblar las manos y sometimiento. Y él ha sido preponderantemente un constructor partidario y un parlamentario y no un dirigente de movilizaciones sociales amplias.

En síntesis, los principales aspirantes a la presidencia del PRD reconocen que sin unidad partidaria, sin la conjunción de sus principales tendencias su presidencia fracasaría, sus virtudes se verían nulificadas y la izquierda electoral se desabarrancaría para beneplácito de la derecha mexicana y extranjera.

Por eso el domingo próximo, el 16 de marzo de 2008, día de las internas perredistas, no debemos esperar una fractura irreparable. Sí ha habido y habrá raspones, heridas y acusaciones mutuas, pero más pronto que tarde las partes han de encontrar una forma de llegar a acuerdos, convivir y reunificar el partido. Seguirá existiendo un PRD con dos grandes tendencias: la radical y la moderada; la dedicada más a la propaganda, al trabajo y a la movilización de masas y la enfocada a la lucha parlamentaria y a ganar espacios de poder ejecutivo; la que ejerce un liderazgo y una lucha social y la que se especializa en la estructura del partido. El partido seguirá padeciendo las tentaciones del pragmatismo y el peligro de olvidarse de principios y programa. Necesitará cotidianamente las autocríticas y los llamados a retomar el camino y los ideales que nos unieron bajo el llamamiento de un 21 de octubre de 1988 efectuado por Cuauhtémoc Cárdenas y un importante grupo de mexicanos.

Pero detrás de todo este proceso, enfrentamiento y engarzamiento de estilos, tendencias y corrientes políticas, se viene dando un fenómeno al que pocos han prestado atención. Abajo de las crestas de las olas y sus choques contra playas y acantilados, se está dando una reconformación profunda: cada vez con más frecuencia juegan un papel menos importante los grandes líderes nacionales y el peso de los dirigentes estatales y locales crece y se hace más influyente. Cada vez más los dirigentes nacionales, por más que su liderazgos sobrepasen al partido y se extiendan por las redes de la sociedad, requieren de la lealtad de los dirigentes que se mantienen más directamente en contacto con las masas, sus necesidades concretas y sus luchas cotidianas, los líderes locales que organizan la base del partido. Los dirigentes dirigen, pero requieren de organizadores.

Y estos organizadores y dirigentes locales, con visiones más cortas e intereses sin demasiado horizonte, condicionan, acotan y limitan las propuestas y orientaciones generales. Muchas veces hasta imponen sobre los dirigentes nacionales su voluntad a cambio de mantener de su lado los votos partidarios que controlan, tanto para las elecciones internas, como para las elecciones constitucionales. Dígalo si no Alejandro Encinas que ve deslavarse su perfil honesto al ser visto al lado de dirigentes clientelares que siguen siendo dirigidos por René Bejarano. Dígalo si no Jesús Ortega que vive criticando el clientelismo, pero basa su fuerza en el Distrito Federal en el otro René, René Arce el mayor competidor clientelar de René Bejarano. No me detengo en este punto por no prolongar demasiado esta reflexión, pero cada perredista podría completarla en cada estado de la república, añadiendo las voces que denuncian corrupciones en el gobierno y organizaciones sociales, ventas de principios, votaciones y votos en las cuentas públicas de gobernadores y en otras iniciativas de tipo legal o social.

El cambio a enfrentar, el de mayor trascendencia en el largo plazo, cualquiera que obtenga la presidencia partidaria, es este fenómeno de regionalización del poder partidario por encima de las propuestas de corrientes y de las orientaciones, direcciones y congresos nacionales. Este proceso es más delicado porque se aprovecha de las fuerzas de las bases pero al mismo tiempo es más proclive a negociar y ofrecer sus votos no tanto a la mejor propuesta sino al que le reporte beneficios contantes y sonantes a esas masas y a sus líderes locales, aunque estos no gocen de una visión de largo plazo o una sólida perspectiva estratégica en favor de la democracia y la equidad social.

Esta tendencia de cambio partidario favorece el desarrollo de un pragmatismo y oportunismo mucho más canceroso. Las necesidades de la gente se satisfacen o se gestiona su atención a cambio de los votos de los demandantes para los intereses o las elecciones en que participan sus dirigentes. Se trata del clientelismo pragmático y manipulador que heredó el PRI al sistema política nacional y ha cortado sus raíces a muchos revolucionarios a cambio de mantenerlos en el poder y el mundillo de la clase política.

En esta circunstancia los objetivos programáticos perredistas de las transformaciones revolucionarias de libertad y democracia, de justicia social y equidad, de soberanía y hermandad internacional, se van trastocando en el afán de mantenerse disfrutando las mieles del poder, sin servir realmente a quién confió en ellos; sin luchar por los cambios de fondo que el país requiere para progresar, para hacer vigentes los derechos humanos individuales y sociales, para construir una sociedad de bienestar, un México con una sólida cohesión social basada en el trabajo, la justicia social, el aporte plural de todos sus afluentes y etnias y el ejercicio democrático de la libertad.

Esta tendencia que olvida posprincipios y el programa partidarios en aras del interés personal e inmediato va permeando cada vez más a todo el PRD y es del mismo tipo de la que avasalló al PRI hasta que su corrupción y entrega a los poderes extranjeros y de la derecha terminaron por arrojarlo del poder presidencial. Se condensa en un solo principio: “el que paga manda” y que por cierto, en otra cara de la misma moneda, se expresa en la inserción de dinero no partidario en su vida interna y decisiones políticas. En la medida que funciona en los estados, los gobernadores priistas, y rápido aprenden los panistas, se vuelven caciques locales, compradores de toda oposición, obstáculos de la reforma democrática y su democratización integral.

Así dirigentes de visión estrecha respecto al avance partidario, pero visionarios para el crecimiento del poder y la riqueza personal con recursos obtenidos de la condescendencia con el poder público se convierten en administradores de pequeños beneficios económicos: despensas, cemento, varillas, láminas de cartón, permisos para comerciar en la vía pública, y hasta créditos, seguro popular, pensiones, miserables apoyos pecuniarios, etcétera, etcétera, que los vuelve caciquillos controladores de sectores necesitados y poderosos cuentahabientes de votos partidarios. Cada elección interna perredista se infla el padrón de afiliados del PRD y, en aparente contradicción, las elecciones constitucionales no sirven para que triunfen los candidatos perredistas, sino para que sus dirigentes cosechen posibilidades de negociación de prebendas con las autoridades estatales. Este perverso tránsito trasmina las estructuras partidarias, reblandece sus cimientos y deja pasar el poder y el dinero corruptor. Y esos administradores, acuden a los que arman propuestas o liderazgos nacionales a venderle el fruto de su trabajo controlador y clientelar e incrementar sus posibilidades.

Esa tendencia no tiene demasiado interés en las ideas y valores y deja en un cajón el programa a cambio de beneficios personales o deslumbrantes; olvida las banderas populares y la defensa de los intereses nacionales en la mesa de una negociación que ofrece, por ejemplo, mercancías o productos de primera necesidad y hasta en niveles más altos leves aumentos de participaciones federales, a cambio de no entorpecer reformas privatizadoras o extranjerizantes.

Es la tendencia que se despoja de los principios y las propuestas, que vende el control de sus votos a cambio de puestos partidarios y candidaturas, de empleos públicos y negocios. Y que no tardará de decidir mejor administrar directamente ese control local y clientelar, sin tener que someterse al liderazgo o la negociación de algún personaje nacional. Es la que conduce a la feudalización partidaria, con cotos y condados incontrolables. Es la que pone el beneficio aparente de corto plazo por delante y no el compromiso por un proyecto nacional alternativo. Es la que, sin principios, se guía por la compraventa al mejor postor y que se traduce en deslealtad y falta de principios, corrupción y pragmatismo, autoritarismo y ausencia de democracia, rendirse a la inequidad, traicionar al pueblo que dice representar y, por supuesto y desaparecer de su accionar todo rastro de ética. Es la tendencia que hasta a la dirección del partido le pregunta “y a mí que das a cambio de que vote por lo que me pides” o le exige pago por cualquier labor de campaña, propaganda u organización.

A este fenómeno deben contrarrestar, ganen o pierdan Alejandro y Jesús. Si no lo hace, así sea cualquiera de los dos presidente del partido, estará atado por los intereses perversos de quienes le exigirán retribución por “sus” votos o su dinero invertido. No hacerlo, terminará por pudrir al PRD más rápidamente de lo que tardó en pudrir al PRI y al PAN.

4 comentarios to “Gabriel Mario Santos”

  1. Ramiro Serna Castillo Dice:

    La responsabilidad histórica de la izquierda debe llevar a la reflexión de quienes dirijan al perredismo, pero también de los que son o serán dirijidos en el PRD. La corrupción material puede traducirse aceleradamente en una perversión ideológica en la que la partidocracia sea la columna de los grupos de conveniencia al interior del partido.
    Formación política, además de la capacitación técnica electoral, basada en la orientación y quehacer desde los principios y el programa, redundará en la construcción de nuevos actores perredistas, de frente al pragmatismo y a la práctica de los feudos clientelares.
    Sumarnos a estas reflexiones expuestas con maestría en el artículo, debiera ser tarea de los que nos asumimos de izquierda, la democrática y la revolucionaria, no solo es posible, es imprescindible.

  2. Ricardo Ornelas Dice:

    Es una verdadera desgracia y retroceso que los grupos del partido se prostituyan con la militancia, los militantes libres, reprochamos esto, que poca madre un voto vale una despensa o 100 mugres pesos, estan convirtiendo al partido en una verdadera resurrecciòn del PRI.
    Donde quedaron las ideas y el debate???????

  3. Silvia Mercado Dice:

    omito escribir xk esta jornada no solo cansa el cuerpo sino el espiritù, no puedo creer tanta bararidad, votos y màs votos. Bien dice mi amigo de a $100.00, pasele, ¡pasele marchanta !!!aquî esta el màs caro y el mejor pagado, vote por mì, que le gusta una despensita, 5 productos…. o sus $100.00
    Cuànto nos costarà la proxima elecciòn?

  4. Arturo Saucedo Dice:

    La otra crisis que vive el PRD y explica como producto y causa del clientelismo, es la elección de los perfiles de manipulación, sobre, el desarrollo de cuadros y de una ideario de la izquierda. La falta de perfiles en los espacios de la política, es resultado del pragmatismo feroz de todas las corrientes, de esa manera se asume la corrupción, la compra de voluntades o la negociación. Todas las corrientes han asumido el pragmatismo como ideología y forma de racionalización de la política. A la falta de formación de cuadros, se asume de manera natural el pragmatismo, repito en todas las corrientes.

    Tal vez esta es la crisis más profunda del PRD.

Escribe un comentario